¿Cómo llegué a ser mamá canguro? por Patricia O.: “Realmente no sé que hubiera hecho sin un fular o una bandolera”

Cuando nació mi hijo mayor, que ahora tiene 13 años, algo me decía que debía llevarlo en brazos. Si ahora la gente se sorprende, por así decirlo, cuando nos ve portear un niño, hace 13 años la cosa no era mejor. Eso sí, apenas conocíamos la típica mochila, y gracias. Yo me pasaba el día con el niño a cuestas (casi siempre sin mochila, que me destrozaba la espalda); todo el mundo me criticaba y soltaban la típica frase de “¡uy, que se te va a acostumbrar!” Por aquel entonces, internet ni existía para nosotros, así que imaginaos si llegan a saber que, encima, dormía con nosotros (¡hasta los 4 años!).

Al nacer la segunda, diez años después, por suerte la cosa había cambiado. Aunque por desgracia un par de lesiones me habían dejado la espalda con una artrosis cervical y una posterior discopatía degenerativa en las lumbares. Así que se puede decir que no tengo la mejor forma física para cargar peso, pero, precisamente por ello, creo que mi testimonio puede ser muy útil para muchas personas con problemas similares.

Mi primera intentona fue la mochila, pero el llevarla “colgada” por un lado, y la tensión que me causaba en el cuello por otro, me hicieron pensar que tenía que haber algo más. Enseguida descubrí el maravilloso fular. Un sari de seda indio fue el primer fular con el que porteé a Carmen, y aquello marcó el inicio de una gran amistad con todo tipo de sistemas de porteo. Pronto me hice “bígama” o, más bien, “polígama”, y llegaron a mi vida la bandolera, el mei-tai, el onbuhimo, y por temporadas hice alguna escapada con un kanga o un podaegi, pero hoy en día soy fiel a la bandolera.

Si bien es cierto que cada día porteo menos, porque ya son 3 años y medio y ella misma se va soltando, también debo decir que no hay día en que no lleve la bandolera en el bolso. Independientemente de si llevo silla o vamos en coche, no hay día que no salga con ella, porque sé que en el momento más inesperado la voy a necesitar, y mis brazos son incapaces de sostener peso. Realmente no sé que hubiera hecho sin un fular o una bandolera después de nacer mi hija y ¡hoy en día!

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